(Actualización de nota publicada originalmente el 26 de Febrero de 2016).

Juanma Lillo afirmó en más de una ocasión que para jugar en zona había que vivir en zona. Para él, el juego era una actividad que primero debía sentirse para después poderse llevar a cabo. El fútbol, como actividad que realizan un grupo de individuos exige que para ser equipos, los componentes compartan no solo la indumentaria pues en tal caso sólo alcanzarían a llamarse grupo (conjunto de personas con características comunes). Va más allá de los colores. Requiere compartir intereses, comprometerse superando el ego para llegar a sacrificar el confort personal en beneficio de las metas del equipo, del colectivo.
Ser un colectivo implica ser un grupo de personas con los mismos intereses y problemas. Implica el desarrollo de una gran empatía por las necesidades del compañero, para ayudarlo, para doblar esfuerzos y entre todos, acometer las diversas funciones que irán apareciendo en cada momento del partido. Como en otras tantas cosas, los padres siguen influenciando en la formación del jugador reconociendo sólo las conductas de éxito individual, contando sus goles, sus pases a gol, balones robados, etc., y no tanto, reforzando las aportaciones al grupo. He visto pocos casos, aunque sí algunos, de padres que reclamaban a su hijo por no beneficiar a un compañero mejor situado, mientras que sí podemos observar multitud de ejemplos donde esos mismos padres reclaman a los compañeros que no pasaron el balón a sus hijos.
Sin embargo, no querría reducir mi reflexión sobre lo colectivo al hecho de pasar el balón o no hacerlo, porque va mucho más allá incluso de lo que se haga o no como poseedor. Va más allá, de la forma de entender el juego. Significa en última instancia en creer que de la relación de los diferentes jugadores como elementos del sistema, emergerán nuevas y mejores cualidades que por separado no se tienen. He ahí la explicación a que en determinados contextos, cuando se juega de una forma determinada que basa su funcionamiento en la interrelación de todos los elementos, surjan individualidades cuyo análisis aislado de su interacción con los demás compañeros no alcance a justificarse. Jugadores que ni son altos, ni son fuertes, ni rápidos ni poseen cualidades que los haga destacar pero que al mismo tiempo no podemos dejar de valorar, al observar el conjunto.

(Óscar Cano, La Butaca, 26 de Enero de 2012)
La historia de la antigua ciudad de Esparta, y de las tácticas militares de sus conocidas “falanges” es el mayor ejemplo de colectividad que se pueda exponer dado que la labor de cada guerrero, de cada soldado, iba más allá de los enemigos que pudieran abatir, teniendo como principal cometido proteger con su escudo las maniobras de los compañeros. De la relación perfectamente coordinada entre dos guerreros, emergía una fortaleza que por separados no se tenía. Pensar en los demás, en el todo hacía de los ejércitos espartanos, unas unidades difíciles de vencer aun siendo inferiores en números (la suma de las partes era mayor que las partes por separado aun siendo estás más numerosas). Sin embargo, esa idea espartana de la confrontación no ha sido la que más ha transcendido en la sociedad actual.
La exaltación del individuo, del héroe con cualidades incomparables ha superado a todo lo que tuviera que ver a lo comunitario. El interés y egoísmo de un individuo y su derecho a la propiedad privada puede poner en jaque a toda la humanidad, como podemos comprobar en la falta de respeto del medio ambiente por parte de muchas corporaciones privadas. El fútbol no puede ser ajeno al contexto en el que vivimos porque entre otras cosas, es un producto de consumo más de esta sociedad. Vivimos en sociedad pero éstas se componen de individuos a los que nos importa un pepino los demás. Pocos son los que piensan que de la cooperación entre diferentes personas con un mismo fin, pueda obtenerse algo mejor de lo que se conseguiría por separados aunque la familia suele ser el mejor ejemplo del éxito que se obtienen cuando se juntan dos personas con un interés común, los hijos.
No perderemos la fe en la capacidad del fútbol para formar en valores. Ni renunciaremos a la esperanza de que el fútbol es en sí, un extraordinario vehículo para como dice Valdano, “si bien no cambiar el mundo, sí cambiar al hombre”. El fútbol nos permite contar con la atención del niño, del joven y eso representa una oportunidad para entrar en su sistema de valores. Reforzar a partir de ciertas edades determinadas conductas, estimula en los aprendices la realización de conductas colectivas. Enseñar a fijar a su oponente en una situación de 2×1, trascenderá al simple hecho de resolver esa tarea y reforzará la idea que uniendo fuerzas es más probable superar los obstáculos. Comenzar por ahí, desde una simple conducta individual que genera la resolución de tareas grupales donde participen dos o más jugadores, nos llevará posteriormente a la creación de un sentido de lo colectivo por encima de lo individual. Siguiendo con reflexiones de Jorge Valdano, “cuando uno atrae hacia el juego a un niño lo predispone de una manera muy positiva, y hay que aprovechar esa disposición para meterle en la cabeza la mayor cantidad de valores y mensajes edificantes posibles”
Necesitamos de las familias por supuesto, para que compartan esta creencia en la cooperación, en las nuevas propiedades que aparecen cuando dos o más se juntan con un interés común, sea defender, atacar o lo que se propongan. Por algo, de algunos equipos se dice que son como una familia.
El fútbol base aun está lejos de llegar a ese punto donde las capacidad de cooperación de un jugador, su facultad para hacer mejores a los demás y con ello mejorar el funcionamiento del sistema, se valore por encima de los goles anotados, los balones recuperados o cualquier dato estadístico, descontextualizado del juego en sí. La suma de las partes ha de añadir un valor agregado a esos mismos elementos por separados. El juego colectivo, por tanto, supera al hecho de ser un conglomerado de cualidades individuales luchando por ganar un partido. Significa sentirse vinculado a las necesidades de los otros, a sus cualidades, multiplicar el valor de los esfuerzos individuales coordinándolos entre sí bajo unos principios de actuación, y de ser. Al niño, hay que educarlo en este paradigma para que aproveche su inteligencia y su capacidad de empatía para relacionarse con la inteligencia del otro y con ello aumentar la capacidad de respuesta del nosotros.

Lo individual, paradójicamente, en lugar de opacarse en lo colectivo, aumentará su brillo en las sinergias surgidas y explotará al máximo su talento. El rápido aprovechará su velocidad en contextos más adecuados para su realización y el habilidoso se aprovechará de las distracciones del defensor para sorprender con menos asiduidad pero más eficiencia. Lo individual crecerá en el colectivo y se diluirá en el individualismo. Razón por la cuál, jugadores llegan a tener un rendimiento extraordinario en algunos equipos, mientras que en otros, parecen desaparecer las cualidades que los destacaron.
En el medio formativo, la educación en lo colectivo tiene que pagar una cuota muy cara en determinados momentos iniciales donde la aun débil capacidad de relacionarse y vincularse a los otros deja espacios para que determinados jugadores individualistas se aprovechen y obtengan un premio que hará dudar de las propiedades emergentes de las que hemos disfrutado en otros momentos, y de las que sin duda gozaremos en el futuro si insistimos. El profesor es tentado en ese instante hacia una organización diferente, un planteamiento distinto del que se debe buscar a medio y largo plazo. Es ahí donde reside el fundamento de no perseguir resultados en etapas prematuras y centrarse en lo que se pretende enseñar.
Una de esas frases “enganchadoras” que Horst Wein aportó al conocimiento de este deporte, decía que el fútbol del pasado había que respetar, el del presente estudiar y el del futuro anticipar. Pues bien, el presente de los mejores equipos del planeta pasa por la búsqueda del juego colectivo, y la complementariedad de los elementos del sistema; y nos atrevemos a anticipar que el fútbol del futuro pasará por explotar mucho más, la capacidad humana para relacionarse y cooperar con los compañeros con relaciones más complejas de las que ahora se dan, dado que la formación del jugador evolucionará en esa dirección. La mayor capacidad de interpretar el juego, supondrá entre otras cosas que los jugadores dispongan de mayores recursos colectivos. Hacia ahí debemos dirigir, en esencia, la planificación del proceso de formación del jugador. Hacia formar jugadores con capacidades multiplicadoras de las cualidades de los demás y con la facultad para compartir intereses y problemas.
JUAN ANTONIO GALLARDO BUENO
#futbolinfantil #fútbolbase #talento #paradigmasistémico #complejidad #equipo #fútbol #juegocolectivo





