
Hace unos días, el papá de un alumno de la escuela me relataba lo sucedido en un partido. Un jugador del otro equipo había sido expulsado y la familia del niño vio en ello, suficiente motivo para increpar, insultar y amenazar al árbitro con esperarlo a la salida. Por si no fuera poco, en muchos momentos del partido, las familias hacían comentarios groseros a sus hijos, incentivando fuesen más agresivos e incluso violentos, contra los contrarios. No hace falta les de muchos detalles porque por desgracia enseguida se habrán podido hacer una idea. La violencia es tan común en nuestro deporte que pareciera nos tenemos que acostumbrar a ella, en lugar de revelarnos. Pareciera que no vale la pena quejarse o que no podemos hacer nada contra ella y francamente, no es así. Podemos y debemos hacer mucho tanto para evitarla como para sancionarla y disuadir al resto de la comunidad a que se repitan conductas indeseadas.

¿Qué responsabilidad tenemos las escuelas de fútbol respecto a esa violencia? ¿qué podemos hacer desde nuestro rol? Asumir que no podemos controlar la violencia de las familias de otros equipos e intentar que esas conductas sólo las veamos en los contrarios y no en nuestra propia escuela. Si todas las escuelas hicieran esto o actuasen bajo esta premisa, estoy seguro que conseguiríamos erradicar muchas de las conductas más indeseadas que se dan con recurrencia. Pero para este cometido hay que ser muy proactivos y no basta con reaccionar cuando se den los primeros conatos de violencia en nuestros equipos. Y en esa pro-actividad no veo tantas escuelas comprometidas con el problema y lo que sí percibo es tolerancia y normalización de lo que debería ser absolutamente reprobable. Es decir, no todos conciben como violencia, las mismas cosas y para muchos, el grito de un «papá» increpando una decisión al árbitro o exigiéndole a su propio hijo, es más folclore que violencia.
Desde mi punto de vista, las escuelas debemos actuar desde tres planos para prevenir lo más posible que el ambiente en nuestra comunidad sea lo más deportivo posible:
1.- Disponer de REGLAMENTOS de convivencia absolutamente obligatorios que estipulen qué se puede hacer-decir en un partido y qué no; así como las consecuencias de cualquier falta a la normativa. Para nosotros por ejemplo, las familias no pueden dar indicaciones técnicas a sus hijos. Esto en muchos sitios e incluso muchas familias no lo ven bien. Creen que tienen derecho a hacerlo. Desconocen las consecuencias de estas conductas y aunque tratamos de explicar a fondo los porqués de nuestras normas, si no lo cumplen, y reiteran, tal vez esas familias tienen que estar fuera de la escuela.
2.- Volcar información sobre los valores deportivos del deporte y la importancia del proceso respecto al resultado. Parece una tontería pero con las familias hay que insistir mucho en intentar que comprendan que el proceso de formación deportiva de sus hijos tiene muchos beneficios si no presionan, si no son exigentes de su rendimiento y si tienen expectativas adecuadas respecto a lo que obtendrán a medio o largo plazo. Generar una cultura deportiva en nuestra comunidad es fundamental porque como luego explicaré, una de las causas de tanta violencia en nuestro deporte, es precisamente la «incultura deportiva de las familias». Otorgar una excesiva importancia al resultado, deriva en muchos casos en frustraciones y enfados que agravan cualquier conflicto. Una familia que quiere a toda costa ganar un partido, no es capaz de tolerar que un ser humano, el árbitro, pueda cometer un error. Esto, si es que efectivamente lo comete porque en muchas ocasiones, aun acertando, reciben el mismo grado de violencia, porque lo que realmente no toleran es el no ver realizadas sus expectativas con respecto al marcador. Así pues, las escuelas podemos y debemos, ir compartiendo esos valores, esos videos didácticos o sensibilizadores sobre ciertos problemas recurrentes y de alguna manera, ponemos más dificil que los problemas graves se den en la mayoría.
3.- Liderazgo y autoridad. El entrenador es la máxima autoridad de un equipo. La dirección deportiva de una escuela, la máxima autoridad de los entrenadores. Los entrenadores son a menudo, quienes pueden cortar más fácilmente el problema de la violencia puesto que ejercen de alguna manera, un papel de liderazgo. Como escuela, debemos darle su autoridad respecto a las familias. Si en un equipo, las familias se ven con derecho a desacreditar, cuestionar, poner en duda, las decisiones de un profesor, porque la escuela cuida más a sus «clientes» que a su líder, cuando vengan los conflictos, no tendremos a nadie que vele por que se cumplan nuestros reglamentos y principios. Para mí, el profesor es la máxima autoridad y si reporta que una familia no hizo lo debido, le daremos todo el crédito. No necesitamos más pruebas. Por supuesto, los profesores también tienen que rendir cuentas de su conducta y son controlados exhaustivamente porque no podemos darle todo ese poder a cualquiera. Si el profesor incumple el reglamento se actúa con la misma severidad.
Estas tres líneas de actuación no son para nada, la panacea, ni la solución definitiva a un problema sumamente complejo. Creo que la violencia está muy arraigada en los seres humanos y que es un fenómeno tan complejo que múltiples factores interactúan entre sí para derivar en la aparición de ciertas conductas. Podemos leer mucho de lo que se ha escrito sobre el tema, desde la psicología, la sociología y desde otros ámbitos. Hay estudios muy interesantes al respecto y en algunos se aporta además, algunas propuestas. Muchas federaciones han optado por desaparecer el afán competitivo de manera radical y los niños ya no participan en competencias, más que de forma amistosa. Creo que es un error intentar solucionar el problema de esta manera. Sobretodo, porque he visto que con control, y empleándonos activamente, podemos generar una comunidad y un ámbito bastante aceptable. Pero insisto, hay que ser proactivos y ser mirar especialmente «hacia dentro» y no «hacia fuera» de nuestras instituciones.
Cuando llegué a ANGELES, era frecuente que a los entrenadores los expulsaran. Se la pasaban, o nos la pasábamos protestando las decisiones del árbitro. En nuestro reglamento del profesor, hay multas económicas si te llegan a expulsar y somos tajantes en ello. Hemos conseguido reducir casi completamente que los árbitros nos expulsen y por supuesto, hemos erradicado notablemente aquella tendencia a reclamar o cuestionar las decisiones arbitrales. Somos conscientes que en muchos partidos importantes o con cierta igualdad, el entrenador del equipo contrario puede llegar a condicionar el arbitraje con esas protestas reiteradas pero aun así, preferimos seguir una línea de actuación más formativa. Si el entrenador protesta y se queja del árbitro, las familias tienden a secundarlo y también empiezan a protestar. Así que como escuela, como profesores, debemos ser sensibles y conscientes, del ejemplo que suponemos para el resto del equipo.
En algunos artículos que he podido leer sobre la violencia en el fútbol base se destacan algunos factores como claves o digámoslo así, como la raíz del problema. Entre las causas más influyentes, citan a «dar excesiva importancia al marcador de los partidos», la «cultura deportiva general de las familias» y la «falta de medios disuasorios» de conductas indeseables. Creo que concuerdo en que todas ellas están en la raíz del problema. Y aunque aquí estamos intentando opinar sobre nuestra responsabilidad como escuelas y no es cuestión de ver que pueden hacer otras entidades o instituciones, sí veo que mucho más podrían hacer los organizadores de las ligas para «disuadir» a las familias de emplearse violentamente. A lo largo de estos últimos años, he percibido como el interés de la liga por tener más equipos inscritos, ha constreñido o limitado a sus organizadores de ser más severos respecto a este tipo de conductas. Y aunque ese mismo condicionamiento podría excusarnos a las escuelas para no expulsar a una familia conflictiva o que en un partido se comporta de forma antideportiva con e otro equipo, creo que definitivamente el liderazgo en este problema nos pertenece a quienes estamos al frente de la dirección deportiva de un club.
Lo ideal es que compartir información a nuestras familias sobre los objetivos más deseables del proceso, los valores deportivos que deberíamos sacar a relucir en las competiciones y todo aquello que podamos hacer para sensibilizarles de la vía más adecuada para acompañar a sus hijos en este ámbito, fuese suficiente para no encontrarnos con determinados conflictos. Y francamente, he de decirles que esto es bastante eficiente porque el número de conflictos que solemos encontrarnos en mi escuela respecto a otras entidades con las que convivimos en la competición, es bastante más escaso. Desconozco cuanto del autocontrol de nuestras familias se deba precisamente a esa información previa y cuanto a la existencia de un reglamento que hacemos cumplir tajantemente. Pero aun así, tengo la sensación que este problema es inevitable a partir de que la comunidad se va haciendo más numerosa y que por ello, se hace más necesario fuertes medidas sancionadoras, o de alguna manera, ejemplificadoras.
Desde esta página, intentaremos servir también para ese cometido, como parte de este ámbito del fútbol base y las escuelas, que tanto amamos. Haremos lo posible por incentivar y compartir todas esas iniciativas que desde diferentes lugares nos llegan para hablarnos de la deportividad o para simplemente, sensibilizarnos con el problema. Hace unos días, la FUNDACIÓN BRAFA compartió un video fantástico sobre cómo se viven los partidos cuando las familias se comportan como verdaderos hooligans. Anteriormente, ya habíamos compartido nosotros, algún video de ese conocido como #arbitrodelapaz (Ángel Jiménez), que en pleno campo de fútbol y previo a la disputa de un partido, juntaba a familias de ambos equipos para invitarlas a actuar conforme a lo que esa iniciativa llama VAR de la honestidad (ver, animar y respetar).

Y con ese mensaje quiero cerrar estas reflexiones. Vayan a VER los partidos de sus hijos. Anímenlos, y sobre todo, Respeten.
JUAN ANTONIO GALLARDO BUENO.





