Si de verdad quieres que tu hijo o hija, juegue, no lo midas. No lo evalúes, no controles su rendimiento. Porque el juego debe ser intrascendente. El niño no tiene que jugar para algo. Se juega para jugar. Así que como familias, debe importarles poco el resultado no solo en el marcador sino aquello que logra hacer bien o mal. Cuando un padre me enseña una estadística cualquiera de su hijo o hija, no pienso en ningún talento, sino en un papá desubicado que podría estar poniendo en peligro la futura motivación de su hijo. Además, a estas alturas pocas estadísticas pueden llegar a sorprenderme porque he visto de todo y sé de sobra lo irrelevantes que son esas valoraciones de goles anotados, pases realizados, etc., como indicios de talento. El talento podría esconderse con seis años, detrás de un niño que juega por divertirse y que aun no ha logrado que el desarrollo de sus capacidades se refleje en ninguna estadística. O precisamente por estar desarrollándolas, y estar continuamente experimentando cosas nuevas, que su juego está lleno de errores. Estoy casi seguro que el talento tiene una cara feliz y sonriente con una familia que lo apoya sea bueno o sea malo; juegue bien o juegue mal; meta un gol, veinte o ninguno; de un pase o mil. Por contra, estoy convencido que muchos niños abandonan el juego porque sus padres lo convierten en una tarea donde tiene que «rendir» y se sienten cada día más presionados.
«Estoy convencido que muchos niños abandonan el juego porque sus padres lo convierten en una tarea donde tienen que «rendir» y se sienten cada día más presionados».
Mientras que la nueva educación presta cada vez menos atención a las «calificaciones» y más, al desarrollo personalizado del potencial del niño, en el fútbol infantil más padres buscan justificar con cuantificaciones, sus sueños más íntimos. ¿Qué harán con esas estadísticas? ¿Elaborarán un currículum personal y lo entregarán a los visores de clubes profesionales? ¿o solo las usan para presumirse en redes sociales? Ya me imagino las caras de esos visores cuando vean como un padre fue capaz de contar 115 goles del hijo cuando tenía 4 años. Sí sí, hay padres de niños de cuatro años que saben cuántos goles metió su hijo, cuantos pases acertados, cuantas recuperaciones de balón, etc. Una locura. Una estupidez, una traición inconsciente que nos hacemos a nosotros mismos.
Supongo que yo siempre recomiendo que disfruten el proceso y que sea esa probablemente la forma de hacerlo de muchas familias. Tal vez disfrutan de llevar ese conteo tan especial pero tengan en cuenta que sus hijos no son un juguete y que vuestro disfrute no debería ponerlos en riesgo. Déjenlos jugar. Obsérvenlos felices y apoyemos estando ahí, en silencio o gritando (pero solo para animarlos a seguir cuando las cosas no le salen). Si sus hijos salen del partido diciendo que metieron dos o tres goles, háganles saber que para vosotros lo único importante es que él lo pase bien y siga aprendiendo. Por favor, oigan este consejo y no los midan. Puede que un día, con tanta medición su hijo acabe pensando que no da la talla y que eso es lo único que a ustedes les importaba. Yo sé bien que no es así, que no era eso lo que les importaba pero como les decía, a veces nos traicionamos sin darnos cuenta. Cuando eso pase, y por experiencia sé que pasará, ¿cómo los piensan motivar a continuar?
«Puede que un día, con tanta medición su hijo acabe pensando que no da la talla y que eso es lo único que a ustedes les importa».
¿Pases acertados? ¿Balones recuperados o perdidos? De verás, no puedo comprenderlo. Probablemente un día yo acabe dejando esto de enseñar a jugar fútbol y lo haga incapaz de encauzar adecuadamente lo que pienso debería ser este medio. Ni siquiera puedo echarle la culpa a los padres, porque es un actitud que hemos generado entre todos los que nos dedicamos a esto de enseñar. Sé también que no son mayoría pero es una minoría muy escandalosa. No me disculparé con quienes se sientan aludidos porque mi intención no es otra que ayudar a quienes desconozcan que lo hacen mal. Quienes prefieran seguir haciéndolo, ojalá lo hagan lejos. Nunca antes disponíamos de tanta información, y sin embargo, nunca antes la habíamos necesitado tanto.
«Profesor, mi hijo debería estar en tal equipo, mire las estadística de mi hijo»; ¡tiene seis años joder! Me importan un carajo las estadísticas que me presenta. Las únicas que me importa son su asistencia a entrenamientos y partidos. Me interesan más las cosas que no hace bien que las que pudiera estar haciendo correctamente. Lo demás que podamos observar y que pueda reflejarse en alguna tabla estadística, nos pertenece a los profesores y no dejaré jamás que una familia ose ni siquiera opinar sobre lo que debemos o no hacer en ese plano, el deportivo. Es absurdo y el día que ese absurdo se haga cotidiano, yo lo dejo. Insisto, esta perversión la hemos provocado un poco entre todos.
Aunque yo nunca he participado de esa tendencia de desorientar a las familias con fines lucrativos. No nos ha hecho falta pues hemos sido capaces de convencer de nuestro trabajo sin recurrir a ninguna mentira. Cada día me ofrecen, por ejemplo hacer «negocio» transmitiendo partidos a modo de profesionales. ¿porque tiene tanto éxito ese negocio de las transmisiones? Hay cada día más gente que transmite los partidos de niños como si fuera la final de la liga mexicana. Comentaristas que hacen su «chamba» y parte de ella es regalar el oído a los que pagan (las familias) para que escuchen que tal chico es el próximo talento del fútbol mexicano o que tal equipo tiene mucho potencial. La mayoría de familias entienden esto perfectamente y no pasa de la anécdota pero a algunas, les hace un daño tremendo porque no están preparadas para digerir el chiste y acaban creyéndose el halago.
Hace tiempo que he creído y defendido la evaluación del proceso. Creo que es un servicio que las escuelas deberíamos dar a nuestras familias. Pero esta evaluación debe ser muy profesional y seria. Los profesores no siempre están preparados para expresar con sinceridad y sensibilidad, áreas de oportunidad en los niños. Cuando lo hacen, muchas familias se molestan porque en realidad sólo quieren escuchar lo buenos que son y el profesor acaba aprendiendo a no meterse en líos. «Profesor, ¿como ve a mi hijo?» («Buenísimo», ¿qué más va a decir el pobre profesor?). Si le llega a decir que tiene que mejorar en algo, alguno acaba pidiéndome una cita. Hemos estado varios semestres que dejamos de entregar evaluaciones buscando un formato que sorteara este obstáculo. Queremos ser descriptivos y que al mismo tiempo la familia no lo entienda como «buena» o «mala» calificación. Nadie debería medir de tal modo el jugar de un niño, ni siquiera sus profesores. Así pues, no lo hagan ustedes. No midan a sus hijos.
DISFRUTEN VERLOS JUGAR. Es tan simple… es tan bonito, pero que tristeza que cuando muchas familias acaban por aprender a disfrutarlo, sus hijos ya crecieron y aunque quisieran revertir el tiempo, eso no es posible. ¡Se la perdieron por andarle jugando al representante!





