«Si no es a ganar a qué vamos» ¿han oído esta frase alguna vez? Cuando los profesores o una escuela les plantea el ir a un torneo, qué razones hay detrás. De eso quiero hablaros en esta nota.
A lo largo de estos últimos años, los torneos de fútbol infantil han proliferado en distintos países. Las alternativas son múltiples y los servicios que ofrecen van más allá de la propia experiencia deportiva. La propia elección del torneo, ya encierra en sí misma una gran complejidad. ¿qué modalidades ofrece el torneo para mis equipos en sus diferentes edades, categorías? ¿Qué instalaciones y qué espacios propone el torneo para la disputa de los partidos? ¿El ambiente es el adecuado?
Dejaremos de lado por ahora, otras cuestiones no menos importantes como son los aspectos logísticos: alojamientos, desplazamientos y por supuesto los precios. La respuesta a la cuestión de a qué ir a un torneo la queremos enfocar desde dos perspectivas distintas: la de la familia que acepta la invitación de la escuela y la de la propia escuela.
Ambas perspectivas tendrán un gran condicionamiento por la edad de los jugadores-hijos. En las primeras edades, asistir a estos torneos tendrá mucho que ver con la diversión, con la adherencia al deporte a través de vivenciar experiencias positivas, sin que ello conlleve forzosamente haber obtenido un buen resultado. Un equipo de niños de seis años que viajan por primera vez a una ciudad costera para disputar un torneo. Disfrutarán de varios días en convivencia con sus familias, sus compañeros y su entrenador. Ese equipo puede y debe disfrutar la experiencia de haber disputado un torneo más allá de los resultados cosechados. A medida que acumule buenas experiencias, su gusto por el deporte crecerá, sus hábitos de entrenamientos se harán más firmes y por todo ello, su competencias para el juego, también mejorarán.
A medida que los niños van creciendo, cobran relevancia otros factores como la idoneidad de ese torneo para ellos. Un formato competitivo que sea adecuado para su edad y sus habilidades. Los torneos deberían apostar por ofrecer mejores espacios de juego y en esto no solo cobra importancia la superficie de juego (regular y con pasto de buena calidad sea natural o sintético). Es fundamental que las dimensiones del terreno de juego ofrezca el suficiente espacio para que no se amontonen los jugadores y quien disponga de la pelota, la pueda gozar el tiempo suficiente como para no acabar tirándola siempre hacia delante sin la debida intencionalidad. Estos factores son importantes para las escuelas que tienen un afán formativo y que aprovechan estos viajes para seguir desarrollando la capacidad de jugar de sus alumnos.
Las familias en cambio, tienen otras inquietudes. Tras muchos años de experiencia, viajando a torneos, a los padres les preocupa más el «nivel» de la competencia, por ejemplo. Sin embargo, no cuentan con elementos de juicio que les haga medir ese nivel que les inquieta. Confunden lo igualado de un juego que se disputa en unas canchas de reducidas dimensiones con un alto nivel de competencia. Aunque ninguno de los dos equipos haya conseguido lógicamente demostrar nada que no sea cierto orden en su ubicación en el campo para conformarse como muros que repelen la llegada del balón lanzándolo hacia delante.
A las escuelas nos preocupa la satisfacción de las familias tras el torneo pero no podemos hacer mucho cuando el agrado de las mismas depende de los resultados. Si se ganó, todos contentos. Si caimos eliminados en la primera fase, todos insatisfechos. No podemos hacer mucho además, si pretendemos priorizar la formación sobre el resultado. Porque de no ser así, obviamente caeremos en jugar con mañas cada partido y en multitud de malas acciones en la dirección técnica. Como estoy seguro que en nuestra comunidad de lectores, no se encuentra nadie con tales intereses, diré que para contrarrestar esta pésima motivación de las familias, lo mejor es informarlas bien desde muy temprano.
Hacerlos conscientes del objetivo desde incluso antes de lanzar la invitación. Decirles que vamos a ir a un torneo determinado bajo ciertas premisas y supeditado a un objetivo primordial que variará con respecto a la edad del equipo. Y no crean que estamos renunciando a competir por ganar. ¡No! Nos encanta competir pero incluso ganando, hay que recordarles que no hemos ido por una medalla sino por un mérito. A un torneo se va pues, para saber qué somos capaces de hacer, qué hemos aprendido en un determinado período de tiempo. Se va para acumular experiencias deportivas y se va, por supuesto, para acumular experiencias de vida satisfactorias en convivencia con personas que han elegido un mismo estilo de vida: el deportivo.

Personalmente disfruto mucho competir con mi escuela en los diferentes torneos. Considero que los alumnos crecen mucho su propio nivel individual con la experiencia que toman esos días. Valoro aquellos torneos en los que además, se ofrecen unas condiciones de espacio, superficie de juego y de organización que te permiten poner a prueba tus habilidades para el juego. Sin embargo, estoy consciente que tal vez la razón más importante para acudir a los torneos no esté en la cancha sino en la convivencia de los chicos y de sus familias durante varios días en una ciudad y un contexto totalmente diferente.
Estoy convencido que muchos de ustedes disfrutan y perciben los torneos bajo estas mismas premisas. Tanto si es así como si no, me encantaría leer sus comentarios y que nos compartiesen sus experiencias en este tipo de torneos.

Juan Antonio Gallardo Bueno.





