
Este mes queremos hacer énfasis en el servicio excepcional al que toda escuela debe aspirar ofrecer. Recordemos que en diversas ocasiones hemos señalado que «el jugar de los niños es nuestra razón de ser, y todo lo que hagamos debe favorecer que esa experiencia sea más gratificante». Esta premisa hemos de tenerla muy presente en la gestión de una escuela y como hemos señalado, procurar desde las diferentes áreas de trabajo (administrativa, social, deportiva, formativa, etc.,), darle soporte y apoyo. Sin embargo, a lo largo de mi experiencia al frente de escuelas de fútbol, y especialmente en en mi larga etapa en México, he comprobado que un factor decisivo para la buena percepción de las familias sobre el servicio es el «entusiasmo del profesor». ¿Es ese entusiasmo susceptible de controlarse, de incentivarse o fomentarse de alguna manera?
ENTUSIASMO (Del latín enthusiasmus, inspiración o posesión divina). 1. Exaltación y fogosidad del ánimo, excitado por algo que lo admire o cautive.
Cuando tienes una plantilla amplia de profesores, incluso a varios de ellos y ellas en una misma categoría, la comparación entre sus distintas competencias, conocimientos, experiencias o estilos es bastante más sencilla. Si observamos el grado de satisfacción de las diferentes familias al finalizar un ciclo o temporada, respecto al profesor o profesora de sus hijos, detecto que hay resultados inesperados. ¿cómo un profesor con menos experiencia y conocimientos, consigue mayor satisfacción de sus familias? ¿qué hace que un profesor o profesora que recién está empezando, compense esa inexperiencia en la percepción de las familias? La respuesta está en ese ánimo exaltado, esa excitación por su quehacer diario que lo lleva a buscar realizar clases muy creativas que sorprenden al alumnado y lo motivan. En definitiva, de su entusiasmo.
Cuando un aspirante a entrar de profesor a la escuela, una vez superado nuestros exámenes y tras un período indeterminado de experiencia como auxiliar, es asignado como profesor de un grupo, enseguida observo ciertas conductas recurrentes. Percibo tanta ilusión por empezar a desarrollarse en el medio como incertidumbre y dudas sobre sí mismo. Inmediatamente observo conductas de búsqueda de información relevante sobre contenidos, tipos de tareas a realizar en la categoría, etc. Tarde o temprano, la mayoría de los que tienen un grupo asignado de pequeñines acaban preguntándome si pueden llevar material alternativo a sus clases como música, globos, etc., para proponer juegos con ellos. ¿porqué me preguntarán tanto si pueden usar globos? Es tan recurrente que podría denominar a los primeros seis meses tras la asignación de un grupo a un profesor, la fase de los globos. Evidentemente el uso de materiales alternativos motiva a los niños y causa una sensación muy agradable entre las familias.
El profesor que propone una clase con material alternativo ha debido programar tal sesión con mucha anticipación. Es probable que haya estado pensando en sus clases durante su tiempo libre, preocupado por cómo ofrecer una experiencia más divertida y significativa. Por supuesto, ha tenido que tomarse la molestia de buscar ese material y llevarlo al entrenamiento, algo que no siempre es fácil. El entusiasmo con el que empiezan, da por bueno todas esas molestias y todo ese tiempo extra empeñado en la causa.
Esta fase de los globos o esta fase inicial del profesorado en la que emplean tiempo y energía en preparar sus sesiones de forma especial, en la que prestan atención a cada detalle, tendrán múltiples recompensas profesionales para el profesor. En primer lugar, obtendrá el reconocimiento de las familias a su cargo, que de una u otra manera le harán saber su agradecimiento y admiración por la atención dada a sus hijos. Pero además de eso, tendrán como recompensa un gran aprendizaje, una optimización de sus recursos y competencias como profesor. Si sólo aprendemos aquello que amamos y que nos emociona (Francisco Mora), imaginad cuánto aprende un profesor entusiasmado, con aquello que hace. El entusiasmo es un síntoma de una motivación muy fuerte por ser mejor profesor y por trascender de alguna manera en su medio. ¿Pero que ocurre pasado un tiempo que va desde unos meses a un par de años?
El profesor crea durante esos primeros meses de gran entusiasmo, unos hábitos docentes que implican, entre otras cosas, tener una serie de tareas recurrentes, o hacer las cosas siempre de la misma manera. Por lo general, pasados un par de años, ese profesor será muy competente en aspectos como la dirección de la clase, el control del grupo, o incluso la comunicación básica con las familias. En ningún caso, supone necesariamente que hagan mal su trabajo, pero hay una disminución drástica de su energía en el proceso diario. El profesor con esa experiencia ya acumulada, sigue proponiendo buenos juegos con los que divierte y motiva a sus alumnos, pero ya no lo hace con la misma implicación. Obviamente, esta pérdida del entusiasmo inicial es hasta cierto punto lógica, pero también es normal que repercuta en la percepción de las familias cuyo grado de satisfacción ahora será menos elevado.
¿Porqué ese cambio tan drástico? ¿A qué se debe que un profesor que se inicia en esta profesión por vocación, con gran entusiasmo, acabe cayendo en la desidia? La explicación podría estar en sus distintas motivaciones.

Los profesores tienen diferentes motivaciones e incluso estas van cambiando a lo largo de su vida. Cuando un profesor está estudiando en la universidad o recién se graduó, tiene muchísimas ganas de acumular nuevas experiencias y adquirir más conocimientos sobre aquello que le llama la atención. Con el paso del tiempo, y por su propio desarrollo personal, va adquiriendo nuevos compromisos familiares que lo llevan a variar sus propias motivaciones hacia recompensas más extrínsecas. En muchos casos, esas otras motivaciones acaban por llevarlo hacia otros oficios más remunerados o que le ofrezcan mayor estabilidad.
La incidencia de un mayor porcentaje de motivaciones intrínsecas en el profesor joven lo llevarán a una búsqueda incesante de querer aprender más sobre su profesión. Tendrá curiosidad por ver entrenamientos, ver videos sobre distintas tareas o leer libros y artículos especializados en temas de su interés profesional. Esta fase de «aprendiz» inicial probablemente constituya una fuente de optimización mucho más significativa que la propia universidad en muchos casos. Sus entrenamientos puede que no sean tan estructurados y le falte experiencia o liderazgo para que sean óptimos pero ese entusiasmo por lo novedoso y ese empeño en querer dar el máximo, compensará de sobra las faltas anteriores. Con el tiempo, el cambio de motivaciones natural en el profesorado, hará que esas ganas de aprender se diluyan y esa búsqueda de innovación desaparezcan casi por completo.
Siempre he creído necesario incentivar a los profesores jóvenes cuando estos demostraban esas ganas de aprender y mejorar sus competencias. Me he mantenido atento a sus esfuerzos y he procurado reforzar estas conductas en la escuela. Sin embargo, no por ello he conseguido cambiar mucho la tendencia a caer en la desidia y a mantenerse en una zona de confort. En México, existen muy malos hábitos de lectura entre el profesorado de las escuelas de fútbol. A menudo, han leído un único libro sobre metodología, ¡o ninguno! El profesorado de fútbol es bastante empírico y suele confiar en que la experiencia le será suficiente para sobrellevar las necesidades del cargo. Así pues, es raro ver a un profesor interesarse de forma autónoma y voluntaria por leer sobre algún tema relacionado con sus competencias. ¿podemos obligar a leer a los profesores? Me temo que no tendría mucho éxito la medida. Ni siquiera con incentivos económicos, porque ese tipo de hábitos se consiguen sólo, desde la inquietud propia del profesor. Es muy difícil cambiar la cultura.
Desde el punto de vista de la gestión de una escuela, está claro que los profesores con entusiasmo, con motivaciones cercanas al disfrute de la propia actividad de enseñar a jugar, darán un mayor resultado. Ante esto, deberemos intentar incentivar o reforzar sus conductas de búsqueda y estar atentos para actuar ante el menor atisbo de estancamiento. Si detectamos que un profesor ya no tiene ese entusiasmo y que su única preocupación es el salario, aun aumentando el sueldo, no seremos capaces de generar esa pasión por su trabajo. Mi recomendación y hablaremos en profundidad en un artículo que sacaremos la próxima semana sobre lo que consideramos es UN SERVICIO EXCEPCIONAL, es crear procesos de control de la calidad de los entrenamientos y al mismo tiempo facilitar una formación mínima en el profesorado.
El liderazgo de la escuela hacia sus profesores es poner en valor ese entusiasmo cuando es claramente observable en forma de clases o sesiones más creativas, más implicación en la dirección, atención a los detalles, etc. Fomentar entre el profesorado reuniones constantes de seguimiento a su propio trabajo. Prestarles atención al día a día del profesorado es un incentivo de esos que llamamos intrínsecos. Si un profesor diseña una gran tarea pero nadie de la entidad pone demasiada atención en eso y no refuerzan este esfuerzo, es probable que con el tiempo interprete que su trabajo no es tan relevante y que nos importa poco cuanto de bien lo haga. A menudo, retroalimentar una mala programación es una forma de incentivar o poner en valor esa función.
A veces voy a ver entrenamientos de futbol base en diferentes clubes y observo que el profesor se encuentra realizando su labor absolutamente solo, sin nadie observándole o que pudiera ayudarlo a mejorar. Esta situación es de lo más habitual en la mayoría de clubes de fútbol base y sin embargo, el día de partido sí veo al coordinador, o incluso a algún directivo. El mensaje entonces es claro, y la importancia no está en el proceso, sino en el resultado. Cuando eso ocurre y se repite constantemente, la motivación del profesorado también va cambiando paulatinamente hacia la competitividad, dejando de prestar cada vez más atención al entrenamiento durante la semana.
Creo que alrededor del fútbol infantil hay todo un entramado cultural con prejuicios e ideas que circulan entre el profesorado. Ideas que en ocasiones transmiten los profesores más experimentados hacia los más jóvenes que irrumpen en la entidad con sus ganas de innovar y su motivación rebosante. El entusiasmo va contra corriente respecto a la tendencia a caer en el conformismo y la estabilidad. Si las escuelas queremos fomentarlo, tenemos que atacar el problema desde la raíz y fomentar ese cambio cultural entre el profesorado. Igualmente va a ser difícil pero al menos sí que detecto que hay una inquietud algo mayor entre el profesorado de mi escuela y otros profesionales en otras.
Al fin y al cabo, nuestra profesión es solo apta para «entusiastas» y personas con una gran vocación por la enseñanza del deporte. Son demasiados los esfuerzos que hay que hacer y los sacrificios que conlleva dedicarte al fútbol infantil. Si el entusiasmo te alcanza sólo los primeros meses, existen muchas posibilidades que acabes abandonando, tras pasar un período indeterminado de desidia y conformismo.
Mi consejo para todos los profesores jóvenes es que creen hábitos firmes de autoformación. Tener siempre un libro que leer y que lleven en su mochila para aprovechar esos momentos que nos da el día a día para tomar un café o que esperamos llegue una determinada hora de entrenamiento o partido. Que busquen indagar sobre su propio quehacer como entrenadores y que no se marquen metas a medio o largo plazo relacionadas con un determinado puesto, o un determinado sueldo. Es preferible que disfruten el día a día, el presente más inmediato. Quien es capaz de gozar cada entrenamiento, cada partido, cada actividad con los niños, sin duda será capaz de conservar ese entusiasmo tan necesario para nuestra propia optimización.

Quien busca mejorar, leer y se prepara. Acude a cursos y formaciones varias. Platica sobre la profesión con distintos colegas y busca aprender cualquier detalle sobre el quehacer diario. Este tipo de conductas es más común entre quienes están empezando pero no exclusiva. Pero el entusiasmo de un joven sin embargo, no implica vocación sino una exaltación inicial por la novedad que debería aprovechar para generar ese hábito y amor por la profesión. En cambio, cuando un profesor con experiencia mantiene el hábito de seguir leyendo, de asistir a cursos y seguir formándose, sí implica vocación. Las escuelas deberían premiar esa situación.
Estas reflexiones que os comparto, enmarcadas en el plano de la gestión es para que consideremos ese factor o variable en la gestión de los recursos humanos de la escuela pero también es una invitación al profesorado que lee estas notas para hacer más por conservar o generar incluso, ese entusiasmo.
Juan A. Gallardo Bueno





