¿Cómo sabremos que hemos mejorado? ¿en qué nos fijaremos para valorar como positivo o negativo, un proceso? ¿Que somos capaces de hacer ahora que no hacíamos antes? Las familias deben conocer los objetivos de la etapa, para ayudar a conseguirlos y para no realizar valoraciones sin fundamentos.

Durante las últimas semanas, previas a nuestra participación en un torneo infantil con equipos u7 y u6, he procurado insistir en la transmisión de un mensaje muy sencillo: PROCESO > RESULTADO. Sé que la palabra proceso, como tantas otras en el fútbol infantil, ha sido pervertida en demasiadas ocasiones; y que ha perdido su significación de fases sucesivas de un fenómeno que han de darse para conseguir algo que no se obtiene directamente. Pero es precisamente en esa concepción, donde radica la necesidad que tenemos de poner en valor el proceso por delante del resultado.
Así pues, dado que se ha sobre explotado el término, especialmente para solicitar fe en lo que no se ve a corto plazo, hemos de explicar que los procesos tienen indicadores y parámetros evaluables también de forma inmediata. De hecho, son los mismos parámetros que un profesor tiene que observar en cada partido, cada entrenamiento, cada tarea, etc., para poder generar su programación y proyectar sus diferentes intervenciones docentes. Su importancia fundamental de hecho no está en aprobar o reprobar la labor del entrenador, sino que le permiten a él mismo y a la escuela, ajustar los medios a emplear con un grupo particular y determinado, para conseguir los objetivos propuestos para cada etapa.
Entrenar y competir son componentes del acto de enseñar a jugar, cuando precisamente en ambos escenarios, lo prioritario es el proceso que lleva a un alumno a evolucionar en su juego. Es paradójico que el ámbito del fútbol base haya aceptado que se entrena sólo para competir y que la competición es un fin en sí misma donde lo importante es ganar. Esta situación obliga constantemente a hablar de proceso de enseñanza para distanciarse del proceso de entrenamiento para la competición. Y es necesario que las familias sepan qué tipo de procesos se llevan en las escuelas para entenderse a sí mismas como integrantes protagónicos de un proceso o como meros observadores de otro.
Cuando competir es la meta, la prioridad, lo que se posterga es el aprendizaje. Si un niño aun no ha dominado un contenido, esta concepción asume que ha de mejorarlo en los «entrenamientos» antes de experimentarlos en la «competición» donde lo único válido para hacer es aquello que ya se domina. Y he ahí la trampa. Jamás dominará un contenido si no acumula suficiente experiencia y lo vivencia en ambas partes, porque hay variables que no se pueden reproducir en los entrenamientos y el sujeto de la enseñanza tiene que aprender equivocándose, fallando, en un escenario competitivo. Las familias que entienden que el proceso es más importante que el resultado, están asumiendo que para que su hijo aprenda tiene que ir experimentando aquello que no sabe y que por tanto, fallará.
Me llama la atención que resulte sorpresivo, ver a unos niños intentar salir jugando desde temprana edad. Porque es lo lógico y natural si los adultos de fuera dejamos hacer sin intervenir. Si las familias tienen miedo a que sus hijos fallen y el error trascienda en el marcador, acabarán por transmitir ese miedo a los niños y con ello dificultarán el aprendizaje. Es por eso que intentamos siempre anticipar a todo el mundo, esta información y alejarlos de una visión fanática de la competencia infantil. No es lo habitual pero es lo que considero óptimo para las escuelas.
Para nosotros es importante que cada equipo vaya superando una serie de contenidos y objetivos en cada etapa. Y como hemos dicho anteriormente, estos contenidos intentamos vivenciarlos tanto en entrenamientos como en las distintas competiciones. A partir de lo que observamos de nuestros alumnos en ambos escenarios, propondremos nuevas tareas, nuevos juegos para que ellos continúen aprendiendo. Dada nuestra experiencia en todos estos años en la misma escuela, tenemos bastante información sobre cómo «suelen» jugar los niños de seis años, los de siete, etc. Tenemos muy claro cuál es la evolución natural de los niños en el juego y podemos a partir de estos esquemas, evaluar qué son capaces de hacer unos niños respecto a la «norma» de la etapa y no solo respecto a la «norma» de su generación, que por distintas circunstancias puede ir variando.
Esto nos permite ajustar nuestras demandas con ellos y no pedir imposibles, por supuesto. De alguna manera, tenemos muy presentes cuales «suelen» ser los límites de comprensión, de fuerza, de capacidad, en cada edad. Y he entrecomillado dos veces la palabra «suelen», porque siempre está la posibilidad de que aparezca un sujeto que supere nuestras expectativas. Esas conductas esperadas las vamos analizando en cada juego o en cada partido. Anotamos aquellas cuestiones que nuestros alumnos aun no dominan y nos focalizamos en ellas para conseguir la mejora. Y como creemos que el proceso es más importante que el resultado, incluso elegimos la competición que más nos va a permitir «examinarnos» de ellas pudiendo ser que prefiramos participar en una categoría mayor o por el contrario hacerlo contra equipos de nuestra misma edad. Estas decisiones nada tienen que ver con que seamos «mejores» o «peores» sino con las conductas que perseguimos evaluar.
Imaginen que tenemos un grupo donde sus integrantes suelen intentar constantemente desbordar 1×1 y rara vez observan al compañero libre para relacionarse con él. Esta conducta podría tener éxito en función del nivel de los rivales en edades tempranas pero a medida que crezcan, no obtendrán el mismo resultado. Si observo que mi equipo hace goles de esta manera en su competición habitual, probablemente me interese buscar un escenario donde no les sea tan fácil ganar los duelos y por tanto, deban buscar otras soluciones más cooperativas. Nuestra estrategia en esos casos será participar en una categoría mayor donde las diferencias de fuerza y velocidad de los contrarios, aconsejen la colaboración con compañeros.
Así pues, nuestra intervención como profesores o como escuelas, tiene que priorizar la enseñanza del juego. El aprendizaje de nuevos contenidos condicionará toda nuestra toma de decisiones respecto a cómo jugar, en qué competiciones participar y qué valorar de nuestra actuación en las mismas. La recopilación de información es fundamental y hoy en día, las posibilidades técnicas para grabar partidos o retransmitirlos en vivo a través de distintas plataformas, nos permiten disponer de herramientas de observación más allá de la presencialidad en la grada. Con esa información, nos plantearemos nuevos objetivos a conseguir para los siguientes meses. Las familias tienen que ser conscientes de este proceso para poder participar de él correctamente.

En una ocasión, entregué unas planillas de observación a las familias de un equipo prebenjamín (6 y 7 años) que dirigí. En ella, el papá o la mamá debía ir anotando lo que sus hijos iban haciendo. Cada ítem había que valorarlo en función de si la conducta la hacía «siempre», «casi siempre», «a veces», «casi nunca» o «nunca». Uno de los ítems que recuerdo haber puesto, era «Mira a la grada durante el juego», siendo que hacerlo siempre era una pésima valoración y no hacerlo nunca lo correcto. Después de las primeras planillas de observación, notamos como algunas familias dejaron de dar indicaciones a sus hijos. De alguna manera, se hicieron responsables de su participación activa en el proceso de enseñanza. Aquella experiencia no la he repetido pero he intentado que las familias en mis escuelas tengan cierta conciencia de los objetivos que nos proponemos con sus hijos, para que de esa forma puedan ayudarnos.
Una de las actitudes más recurrentes de las familias es a valorar todo en función de si se ganó o se perdió. Por suerte, con información, las familias pueden variar esta actitud hacia una atención más centrada en el proceso. Aquellas familias que llevan más tiempo en la escuela, cuando les toca repetir el proceso con un hijo unos años menor, suelen caer menos en este error y sirven de guía para las demás familias. Poner en valor el proceso les hará participar de él, disfrutar más de la experiencia deportiva de sus hijos y aunque no lo crean, ayudarlos mucho en su desarrollo deportivo. Un alumno que no tiene presión en casa y que es motivado adecuadamente está en una situación ideal para aprender más.
Por último, centrarse en observar aquello que el hijo es capaz de hacer y aquello que aun no, nos permite evitar comparaciones irracionales o exagerar en nuestras expectativas solo porque un niño obtiene unos resultados poco comunes en su generación. Es frecuente que en las primeras edades haya niños muy destacados respecto a su generación en el entorno. Poco a poco estas ventajas van desapareciendo si son causadas por una madurez prematura que lo hace correr más rápido, ser más fuerte y más «avispado» que sus compañeros. Estos niños suelen sacar ventaja de estos aspectos y aun tomando decisiones incorrectas desde el punto de vista de la lógica del juego en niveles más avanzados, tendrá éxito en la competición. Los títulos de goleo, o simplemente la titularidad recurrente, los halagos gratuitos de otros papás del equipo, etc., podrían conllevar un alejamiento de la realidad que años más tarde pague en forma de «estancamiento». Para evitar esto, las familias tienen que confiar una vez más en el proceso de enseñanza y dejar que el profesor ayude a su hijo, por lo general, sacándolo de su zona de confort. Seguro que han observado a más de un papá quejarse de que el entrenador no saca rendimiento a las cualidades de su hijo. ¿verdad? pues eso, que mi recomendación es que den menos valor al resultado, al marcador en la competición y sí, pongan el foco en el proceso.
PROCESO > resultado.
Esto, quienes conocen mi escuela, saben que no es una justificación de pobres marcadores o que no nos guste competir, sino todo lo contrario. A menudo, es la razón para justificar que un equipo con nivel de quedar campeón en su categoría, o al menos, disponer de más posibilidades; participe en una categoría superior donde ni siquiera pasará de la fase de grupos pero habiéndose enfrentado a un reto. Para nosotros los profesores y me encantaría que para vosotros las familias, el foco está en el PROCESO DE ENSEÑANZA-APRENDIZAJE y los marcadores, son secundarios.
JUAN ANTONIO GALLARDO BUENO





